Empecé a estar algo intranquila porque el gato iba en dirección a los dormitorios y una vez que le perdiera la pista a lo mejor no lo encontraba. Eché la luz y cepillo en mano me fui en su busca. Todo eso intentando no hacer mucho ruido y que mi perra no lo viera porque sino se iba a despertar todo el mundo. A pesar de todo en el fondo la idea de ir en su busca no me gustaba nada. Los gatos me dan mucho respeto, no es que les tenga pavor como a los ratones, por ejemplo, yo he tenido gatos cuando era pequeña y puedo acariciarlos si están controlados o en un lugar abierto, donde los dos tengamos terreno para reaccionar, pero últimamente me crean mucha desconfianza, no sé por dónde pueden saltar.
No pude hacer otra cosa que ahuyentarlo y encerrarlo en un dormitorio. Le abrí el balcón para que se saliera cuando quisiera y cerré la puerta para evitar sustos. Hasta aquí todo medio normal, pero una vez que me bajé a la salita otra vez no paraba de escuchar ruidos y yo ya no sabía si era el gato desde la habitación, si había otro gato por ahí, si.. y mi cabeza empezó a dar vueltas hasta tal punto que me quedé a dormir en la salita con la luz echada, era incapaz de subir a los dormitorios. Cada vez me obsesionaba más, más y más con el tema y no me podía dormir. El miedo se alimentaba de mi obsesión y la bola iba cada vez más grande. He conseguido dormirme a las 6 de la mañana rendida por el cansancio después de que mi madre se levantara y viera que el gato se había ido.
La mente a veces juega malas pasadas y no la puedes controlar.
Hace 2 meses